Los ruidos
exteriores aturden, cansan, inquietan. A veces nos acostumbramos a ellos,
hasta convertirlos en parte de nuestro ambiente natural distorsionado.
Los ruidos interiores confunden, dispersan, disminuyen
nuestra capacidad de reflexión y de juicio. Desde la avalancha
de sonidos e imágenes en lo exterior, la mente y
el corazón son arrastrados hacia cosas más o menos insustanciales,
o hacia impresiones profundas que nos paralizan, nos llenan de
miedo, o nos “drogan” con felicidades de pirotecnia.
Ante tanto ruido, necesitamos momentos de silencio.
Silencio exterior, para que el caos de la vida no
martillee constantemente nuestros oídos y nuestra psicología. Silencio interior, para
abrir espacios a pensamientos serios, a ideas fecundas, a las
disposiciones que nos permiten acoger a familiares y amigos buenos
que tienen tantas cosas que decirnos.
El mundo no puede vivir ahogado entre prisas, ruidos
y angustias fugitivas. Hace falta abrir reservas interiores, parques del
espíritu, para que los silencios del alma permitan a la
mente y al corazón buscar caminos que llevan a la
justicia, a la esperanza, a la amistad, a la alegría
verdadera.
Bosco Aguirre
Colaborador Mujer Nueva