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| Tomar en serio el corazón humano
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| (Por Nieves García, Mujer Nueva,
2010-08-06)
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En las últimas semanas la prensa
ha hablado en abundancia de la realidad homosexual, especialmente a
partir de la noticia de que Canadá ha sido el
tercer país en admitir el matrimonio de homosexuales después de
Bélgica y Holanda. A los pocos días se hizo público
el fallo del Tribunal Supremo americano sobre el caso de
Texas que derogaba la ley que penaba la sodomía en
Texas, y todo ello coincidió con el 28 de junio,
día “internacional” del “Orgullo gay”. Noticias y artículos presentan el
hecho como una realidad que se impone, y que la
sociedad tiene que aceptar y defender, porque son una minoría
que se siente víctima.
En los últimos treinta años
el número de personas que declaran ser homosexuales o tener
tendencias homosexuales ha crecido significativamente. Esto no prueba en ningún
momento el famoso mito de que el 10% de la
población tenga esta tendencia, pero sí que en nuestra sociedad
occidental se están dando una serie de factores que conducen
a desórdenes en la identidad sexual. Aunque la famosa
asociación americana de psiquiatría (A.P.A.), eliminó de la lista de
desórdenes la homosexualidad, en la realidad, lo llamemos como lo
llamemos, es una “anormalidad”, un comportamiento no natural de acuerdo
a lo que es el hombre o la mujer como
tal. Y entiendo anormalidad no como algo peyorativo, simplemente como
algo diferente de lo que nos viene dado por la
naturaleza. Nuestra sexualidad no es un rasgo accidental como lo
pudiera ser el color del cabello; cada una de nuestras
células, de todo nuestro cuerpo, está marcada de acuerdo al
propio género: masculino o femenino, xy ó xx. Esto no
sucede con ninguna otra dimensión humana. La sexualidad no es
un elemento accidental que puede alterarse por “preferencia sexual” sin
que afecte esencialmente a la persona. La sexualidad viene dada
por la naturaleza, no es un elemento cultural cambiable, aunque
se vea influida por la cultura.
Hay que partir
de una base: la naturaleza humana es la que es
y la realización del ser humano se da en ella,
no contra ella. Por ello una alteración en el campo
de la sexualidad afecta esencialmente al ser humano. Los estudiosos
explican que se puede hablar de varios niveles de sexualidad:
la sexualidad genética, la gonadal, la hormonal y la psicológica.
Estos cuatro niveles necesitan estar “coordinados” para que la sexualidad
humana desarrolle sus funciones normales. En esta perspectiva se entiende
mejor el principio que reza que “la unidad es el
principio del ser”. La sexualidad como todas las funciones humanas
tiene unos fines. Así como los pulmones permiten respirar, la
sexualidad es un complejo dinamismo que permite finalmente que la
humanidad siga existiendo. Este mecanismo se espiritualiza en cuánto que
somos capaces de enmarcar esta vivencia en una realidad amorosa
entre hombre y mujer. El homosexual, al menos en un
inicio, siente atracción hacia personas de su mismo sexo; es
decir experimenta una disfunción seria entre el sexo corpóreo y
el sexo psicológico; lo que le imposibilita la vivencia de
una sexualidad natural abierta a la vida, que es uno
de los fines principales de la vivencia de una sexualidad
natural humana.
La mayoría de los estudios que investigan
las génesis de estos comportamientos coincide en mencionar algunas de
las siguientes causas: alienación del padre en la infancia, porque
el padre fue percibido como hostil, distante, violento o alcohólico,
la madre fue sobreprotectora, en el caso de niños, la
madre estaba necesitada de afecto y era exigente, los padres
no fomentaron la identificación con el propio sexo, abuso sexual
o violación, fobia social o timidez extrema y no
tratada. En algunos casos, la atracción sexual homosexual o la
actividad ocurre en un paciente con algún otro diagnóstico psicológico,
como: depresión grave, ideas de suicidio, neurosis de angustia generalizada,
abuso de drogas, desórdenes de conducta de adolescentes, personalidades psicopáticas
marginales, esquizofrenia, narcisismo patológico.
Pero detrás de cada uno
de estos factores se esconde, el gran cáncer de nuestra
sociedad, alimentada hasta la saciedad por el materialismo, el hedonismo
y la superficialidad: la falta de amor. Posiblemente esta inclinación
no es más que un síntoma de una seria carencia
afectiva. El hombre se asfixia sin amor, y si no
lo encontramos por los cauces naturales, creamos nuevos puentes, pero
no es algo opcional. Esta falta de amor no sólo
es causa en el inicio, sino en el desarrollo del
proceso, porque cada una de estas personas, cuando por los
motivos que fueran comenzaron a sentir esta inclinación, posiblemente no
encontraron en su ambiente cotidiano comprensión, aceptación, un deseo profundo
por ayudarles; quizás hubo rechazo, burla, humillación, que abrió más
aún la herida emocional.
Y el amor como donación
desinteresada al otro buscando su bien objetivo se convierte también
en el mejor medio de solución. No se conocen en
la prensa, ni se organizan manifestaciones que los defiendan pero
hay muchos hombres y mujeres comprometidos en ayudar a quienes
quisieran redescubrirse a sí mismo, y encauzar toda su capacidad
afectiva por los derroteros de la naturaleza que poseen. Cito
literalmente el testimonio de un doctor en Medicina y en
Filosofía, Jeffrey Satinover, de quien tomamos el pensamiento que inspiran
estas ideas:
"He tenido la gran suerte de haber
encontrado a mucha gente que ha logrado salir del ambiente
homosexual de vida. Cuando veo las dificultades que han encontrado,
el coraje que han demostrado, no sólo al encontrar esas
dificultades, sino al confrontar una cultura que usa todos los
medios para negarle la validez de sus valores, metas y
experiencias, me muevo a la admiración... Son estas personas –previamente
homosexuales, y todos aquellos que están luchando en este momento
en América y en el extranjero – que me parecen
un modelo de todo lo que hay de bueno y
posible en un mundo que toma el corazón humano,...muy en
serio. En mis exploraciones en el mundo del psicoanálisis, la
psicoterapia y la psiquiatría, nunca antes he visto curaciones tan
profundas." (Satinover 1996)
Suena utópico, pero es real. Para
ayudar hay que creer en el otro, en su grandeza
interior, en su capacidad de amar, en su dignidad, hasta
llegar a sentir incluso admiración. El Doctor Sattinover habla convencido:
“...me parecen un modelo de todo lo que hay de
bueno y posible en el mundo que toma el corazón
humano ...muy en serio”. Este respeto sincero hacia el
otro tiene la cualidad mágica de generar confianza en quien
lo necesita y estimula a luchar para ser mejor. La
persona que quiere salir de este mundo o reorientar su
inclinación necesita, ella la primera, creer en su propio corazón
y tomarlo muy en serio; entender que solo amando puede
realizarse y realizar a otros. Se necesita agrandar mucho el
corazón para perdonar lo que haga falta, y levantarse por
encima de todo, sin resentimientos, dispuesto a ...aprender a amar
como hombre o como mujer, integrando todas las dimensiones de
su persona en orden a su realidad natural.
Un
sabio escritor francés decía “Descubrí asombrado que hablar era, de
hecho, el mejor modo de callar lo esencial” y exactamente
esto es lo que sucede con el tema de la
homosexualidad. Se habla tanto de que no hay vuelta
ni posibilidad de conversión, de la posibilidad de que la
homosexualidad sea genética, aunque nunca se ha demostrado, de que
son muchos los que tienen esta inclinación...que entre tantos argumentos
queda escondida la otra cara de la moneda: los testimonios
de vida de cientos de personas que fueron homosexuales y
que lograron cambiar con una terapia adecuada y el apoyo
de quienes realmente descubrieron en ellos su dignidad humana. Lo
que estas personas nos enseñan se guarda en el silencio,
pero echa por tierra, existencialmente, tantos eslóganes más sentimentales que
fidedignos. Nos vuelven a demostrar que el hombre es un
ser para el amor, que el amor es lucha, pero
que sólo por este camino se alcanza la paz y
la alegría real. El hombre y la mujer que luchan
por ser auténticos son siempre dignos de admiración. Esta
es la diferencia por la que merece la pena arriesgarse.
Para amar hay que tomar el corazón humano, muy
en serio.
ngarcia@mujernueva.org
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