|
|
|
|
 |
|
| Los padres como primeros educadores (I)
|
| (Por Marcela García Frausto, Colaboradora de Mujer Nueva,
2005-04-28)
|
|
Mis padres se casaron muy jóvenes, y sin embargo nos
educaron como si fueron todos unos “veteranos”. Si hay algo
que admiro de mis padres es definitivamente, la educación que
han sabido dar a todos sus hijos.
Pero, ¿qué es eso
de “educar” a los hijos? A menudo, el concepto “educación”
se confunde con la mera transmisión del saber o de
los conocimientos. La instrucción es necesaria, pero no es educación.
Educar es uno de los caminos para alcanzar el desarrollo
pleno de la persona humana. Es la modelación de la
personalidad, la transmisión de un modo de comprender al mundo,
a la vida, a las personas, etc. La educación debe
estar encaminada a formar a la persona humana integralmente, es
decir, lograr el desarrollo armónico y jerarquizado de todos los
componentes de la personalidad, de todas las facultades y capacidades
de la persona.
Los padres y la familia como fuente de
educación.
Esta misión de formar personas compete primeramente a los
padres de familia. No es el Estado, la televisión o
los otros parientes quienes más deben influir en los hijos.
Podemos decir que la paternidad y la educación son sinónimos,
pues la misión del padre y de la madre es
ayudar al hijo a que se desarrolle hasta la plenitud.
Los
padres son los primeros y principales educadores de sus hijos.
Su tarea empieza en la concepción del hijo y su
labor se prolonga durante toda la vida. Ellos, que han
dado la vida a los hijos y establecen con ellos
una relación única de amor, son quienes están en condiciones
de transmitir la educación a los hijos.
Cuando una persona
viene a este mundo, entra en él necesitada de todo
tipo de ayuda: material, afectiva, etc. y sólo poco a
poco, con el paso del tiempo, va cobrando autonomía e
independencia. En este proceso la persona necesita de otras personas
que le ayuden; en primer lugar, necesita de sus padres,
y en segundo lugar, de su familia.
Con la educación
pasa lo mismo que con la vida humana. La persona
llega al seno de la familia con unos dones y
talentos, pero al mismo tiempo, la persona llega como una
tablilla en blanco, que sólo a través de la relación
personal con los seres que le rodean y con la
ayuda de otros, podrá ir adquiriendo un contenido. En la
familia, se da esa comunicación directa con la persona, y
por medio de esa relación, se van transmitiendo los valores,
la cultura, la educación. Así pues, la educación no puede
entenderse como un mero “aprender”, sino que es un “aprender
de otros seres humanos” en la convivencia diaria. Elementos necesarios
para la educación de los hijos
La educación en la familia
no es automática, requiere varios elementos. Sin tratar de ser
exhaustivos podemos decir que algunos de los ingredientes para crear
un ambiente positivo y formativo en la familia podrían ser:
confianza, comunicación, conocimiento mutuo, convivencia, constancia y el común acuerdo
en las metas. Vamos a ver brevemente cada uno de
ellos.
a. Confianza y comunicación. No existe un entorno mejor ni
más natural para el proceso de maduración personal, que el
hogar y la familia. Nada, ni nadie puede sustituir esa
relación personal con los padres.
La escuela es un complemento
excelente para el proceso educativo, pero no deja de ser
eso, un complemento. No hay escuela o colegio que pueda
reemplazar a los padres en la transmisión de una educación
para sus hijos, pues en la familia se da el
ambiente de confianza y de comunicación necesarios para educar.
Acrecentar
la comunicación y la confianza entre padres e hijos, acrecienta
también las posibilidades de educación en el hogar. Si hay
comunicación, habrá intercambio de ideas, de pensamientos; si hay confianza,
habrá mayor influencia positiva y directa sobre los hijos.
b.
Conocimiento de las personas. A veces se puede pensar que ya
se conoce al hijo sólo porque se le ha visto
crecer. Los padres deben conocer a fondo a sus hijos
para saber cómo tratarlos, y saber qué exigir a cada
uno, pues cada hijo tiene su temperamento, sus reacciones, su
tipo de inteligencia, etc. En una misma familia puede ser
que una hija sea muy sensible y otra no, que
un hijo sea más activo y el otro más reservado.
Así, cada hijo necesitará un trato y una educación personalizada
según sus dones, características y temperamentos. El conocimiento se hace
necesario para ir sacando lo mejor de cada hijo y
limar sus posibles “aristas” o limitaciones.
c. Convivencia. Además, para educar a
alguien es necesario estar con él. No se trata de
determinar un tiempo específico. Un padre puede estar tres horas
con su hijo para resolver problemas de matemáticas, pero no
darle el cariño que le pide. Bastará con tener algún
momento al día o varios momentos a la semana para
estar con los hijos, y alguna vez a la semana
dedicarle más tiempo a la familia; lo importante es la
calidad en la relación en los momentos que se tiene.
La tarea de los padres no se reduce a dar
contenidos o a establecer normas sino que exige involucrarse
y comprometerse de manera personal en el perfeccionamiento de
cada hijo.
d. El común acuerdo entre los padres al educar.
La educación se ha de presentar sin ambigüedad, sin divisiones
en las posturas de los padres. La comunión en los
criterios, principios, normas que se han de aplicar en casa
y en los hijos, es indispensable en la transmisión de
la educación. Así si los padres de familia quieren educar,
primero deben de estar de acuerdo en cómo educar.
e. Constancia. Esta
se aplica a las decisiones, permisos, órdenes y prohibiciones que
reciben los hijos de sus padres. Es de vital importancia
que los padres sean firmes, de forma que un no,
sea siempre no, (a menos que circunstancias especiales ameriten un
sí) y el sí también se mantenga sin cambiar por
el llanto del pequeño o el capricho del niño. No
hay que temer el negarles algo a los hijos cuando
eso les beneficia, pues de otra forma, en la práctica,
se puede dejar que los hijos sean niños caprichosos, volubles,
débiles, al hacer siempre lo que quieren sin nunca contradecirles.
f.
Claridad en las metas. Igualmente, es necesario saber qué se
quiere lograr con los hijos, refrescarlo todos los días, y
tenerlo bien presente y claro en el momento de actuar.
|
|
|
|
 |
|
| |
|
| |
|
|