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| El hombre, la ciencia y la tecnología
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| (Por Miguel Carmena, Mujer Nueva,
2010-07-21)
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En los años 20, cuando nuestros
abuelos tenían ante sí un futuro prometedor, era absurdo plantearse
si la ciencia y la tecnología eran realmente un bien
para el hombre. La idea de progreso parecía triunfar sobre
la “barbarie” en la que había vivido el ser humano
hasta entonces. La energía eléctrica, la aviación que había desempeñado
un papel de protagonista en la gran guerra, el teléfono,
el cinematógrafo y todos los adelantos que hacían bella la
“belle epoque” creaban un mundo nuevo y atractivo. Eran los
años en que un alucinado se permitía pintar bigotes y
barba a la Mona Lisa, en que surgía el “Manifiesto
Dada” y el “Manifiesto Realista” con los que el arte
se enfrentaba a lo que hasta entonces se llamaba arte,
los años de la locura del progreso que se reía
a mandíbula batiente de la cultura y de las artes
de los tiempos pasados.
Nuestros abuelos empezaban a
concebir que por fin iba a ser posible construir un
mundo perfecto donde no hubiera hambre ni dolor. Estaban en
la era de las utopías, y esas utopías luego degeneraron
en los grandes autoritarismos que provocaron muchos años de terror
y de muerte en todo el mundo. Aquellas utopías costaron
muy caras, pero sirvieron para hacer descubrir al hombre una
gran verdad: la ciencia y la tecnología no bastan para
construir el futuro.
Hoy, nuestros jóvenes, que usan Internet
como nosotros usábamos las canicas, y están familiarizados con un
lenguaje de la ciencia y de la técnica que haría
desmayar a nuestros abuelos, simplemente se divierten con sus video-juegos
o sus maquetas de bombarderos invisibles. Oyen hablar de clonación,
de agujeros de ozono, de ojivas nucleares, de misiles termo-dirigidos,
de sofisticados artilugios anticonceptivos, de píldoras del día después y
de Viagra, y lo toman todo como normal. Es el
regreso de la idea de la felicidad en el progreso,
aunque ahora con un nuevo matiz de cotidianeidad, de “aquí
no pasa nada”. Y uno piensa: ¿Qué es mejor, no
preocuparse del futuro como estos jóvenes o construirse falsas ilusiones
como nuestros abuelos?
En uno y otro caso, está
y estaba presente el inocente mito del mundo mejor que
ya cantaba el poeta latino Virgilio: “magnus ad integro saeclorum
nascitur ordo”: nace un nuevo orden de un siglo íntegro
y grande. Como mito, muy motivador, pero para que haya
orden tiene que haber una mente que ordena según algún
criterio, según algún fin buscado. Si no, hablar de orden
es un poco arriesgado porque el orden, en las cosas
humanas, no se da por sí solo.
La siguiente
pregunta es más difícil de contestar: ¿El hombre domina a
la ciencia o la ciencia domina al hombre? ¿La técnica
esclaviza o libera? La primera respuesta que nos viene a
la cabeza es que la solución del problema no está
en las manos de la ciencia y de la técnica,
sino del hombre que es el único que puede resolverla.
El ser humano crea la ciencia y la técnica y
sólo el ser humano puede dominarlas. Entonces el problema no
es la ciencia o la técnica, sino el hombre que
no sabe lo que quiere de ellas o las usa
como medio de destrucción o de poder.
¿Y quién
pone coto y da orientación a las ansias de poder
del hombre? La ética. La solución al problema de la
relación hombre-ciencia y técnica se encuentra en la ética, pero
no en una ética cualquiera de todas las que ofrece
hoy el mercado del pensamiento humano, sino en una que
se interese por buscar la verdad del hombre y de
su entorno y no sólo una simple convivencia pacífica basada
en un débil equilibrio de fuerzas, de intereses personales en
juego; una ética que busque con coherencia un nuevo modelo
de hombre y de sociedad, la ética entendida como una
ciencia normativa y categórica del actuar humano que compromete el
sentido de la vida del hombre tocándolo en lo más
profundo de su existencia.
Entre el positivismo y el
escepticismo, la ética de los valores fuertes, de la defensa
de la vida humana, como principal valor que sin embargo
puede ser puesto en peligro por el descontrol de la
ciencia y de la técnica; la ética de la solidaridad
real en la familia humana, que va más allá de
la idea a veces vaga y confusa de la globalización;
la ética de la familia como primera institución social y
elemento primordial para la inserción del ser humano en su
medio; la ética de la dignidad del hombre, de la
justicia y de la verdad, del derecho y de
la paz; una ética que toca al hombre en su
centro e interpela a lo más profundo de su conciencia
invitándole siempre a exigirse más en la búsqueda del bien
común.
Es verdad que siempre el trigo y la
cizaña crecerán juntos, pero sólo el esfuerzo del hombre en
la lucha por una vida ética hará realidad la frase
de Lincoln Steffens: “he visto el futuro y les aseguro
que funciona”.
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